19 ago 2015

Desayuno

Los desayunos se han transformado en mi comida favorita del día. Más que el almuerzo que corta el día y te deja somnoliento. Más que la cena, cuando ya estás cansado y no disfrutas nada pensando en la cama.
Los desayunos aportan la cuota de entretención del día, es una comida mandatoria con el resto de las otras. Si como harto, me cuido después, si como liviano, tengo pase libre para comer más después (aunque sin exagerar, porque volvemos al punto del sueño y nos vamos a la B).
Recuerdo los desayunos en la mesa de J. Saboreo desde la ficción el pan de molde. Los márgenes quemados que él no se comía y que yo rescataba para embetunarlos con crema de yogurt. Ese olor a pan de molde, tan desemejante al pan corriente que compro en el negocio de la esquina. 
Es deductivo pensar que cada pan tiene un olor y sabor especial, pero ese pan de molde que comprábamos en el supermercado de la esquina, ese que tenía un nombre extraño o por lo menos gracioso, que sacábamos casi sin preguntarnos, justamente ese pan es el que me hace doblar las piernas y salivar como si se tratara de unas papas fritas caseras con mostaza artesanal. Siempre el mismo pan, siempre los mismos desayunos y ahora que mantengo ese sabor de los bordes entre los dientes y en la punta de la lengua, me dan ganas de mandar a la mierda la dieta y visitar sin que J se de cuenta, su  supermercado y agarrar por lo menos tres de esas bolsas, dos para congelar y una para quemarla en el tostador de mi casa y poder preparar chancho en piedra en juguera con cebolla, ajo, aceite y un poco de ají ¿Merquen? bueno. sí. También merquen. 
Cojo los ingredientes con mi mente, los lavo, los parto en trozos medianos y los pongo en la moledora. Se escucha como si un taladro estuviera destrozando algo, pero no, son solo alimentos que se transforman en una pasta para ungir mi pan de molde perfecto. 

Fíjense en los desayunos, hay algo más ahí que aún no hemos visto. Que yo no he visto. 

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