Cada vez que pienso en un error, recuerdo a mi compañera de básica, que en plena clase de educación física, tratando de hacer una voltereta, se le dio vuelta el corazón y quedó tirada, como un hoja en blanco, y blanca, más blanca que el papel en una colchoneta. Eso nos dijeron, que se le había dado vuelta el corazón y claro que me lo creí, pero ahora que lo pienso no tiene mucho sentido. Pero me gusta imaginarlo.
El corazón dándose vuelta en el pecho, revolviendo los sentimientos, mareándose con tanta información. Lo que el frente nunca había visto, lo vio en un par de segundo y lo mismo le pasó al lado de atrás. Darse vuelta, estremecerse, confundirse, pero llegar siempre al mismo punto. Llegar al punto que ya conocíamos.
Todo los errores nos conducen siempre a un final ya escrito. Cuando cometo un error, eso es lo que siento. Me doy una gran vuelta tratando de ocultar lo que sé, que es un gran error, pero si no lo cometo también sé que no aprenderé, que es una base; mezquina y triste, para aprender a hacer las cosas bien.
Nunca más vi a mi compañera, creo que una vez celebró su cumpleaños y estaba muy delgada y seguía blanca como aquella vez y yo sigo aquí, cometiendo errores de los que no me arrepiento, pero con los que se me da vuelta el corazón y ahí me lo arreglo, como cuando nos arreglamos una teta para que se acomode en el sostén. Ojalá nadie nos vea haciendo eso, pero es algo así, parecido, cuando te arreglas el corazón después de un error, tratando de que todo quede cómodo, tal como antes o que al menos eso parezca.
V.
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