Jacobo era un gran hombre. Con 35 años y 1.69 de estatura, pesaba más de 110 kilos. Además de grande era un hombre solo. Había quedado viudo hace un par de meses porque al igual que él, ella sufría de hipertensión y de un día para otro dejó de respirar.
Jacobo refugiaba su soledad en la comida. En la contru almorzaba lo que la niña del carrito llevara: cazuelas, porotos, charquicanes y su favorito: pollo con papas fritas. Además era sagrado escuchar el Rumpy todos los días y luego, por un par de minutos, mirar a las señoritas que pasaban con sus falditas cortas y agitadas.
A la salida era una tradición pasar por el carro de las sopaipillas y comprar los dulces de Higo de la Rosarito. Se los comía de tres a la vez y entre más lo molestaban los compañeros, él más comía. Pero al final terminaba reconociendo que era de pura pena.
Viajaba largas distancias con olor a cansado y defraudado de la vida, tratando de ocultarlo con la colonia que le había regalado su vecina del catálogo Avon. Se trasladaba pensando en las excusas que diría el otro día para no ir a trabajar. También pensaba qué iba a cocinar, porque a esa hora él ya tenía hambre.
Cristal, a quince cuadras de Jocobo, se había quedado dormida con querer. Le tocaba turno en el Policlínico a la vuelta de la casa de su abuela, pero por rebelde y caliente, no quiso quedarse allá. A ella le gustaba pololear todas las noches en la puerta de su casa. Su mamá y su hermano chico tenían que aguantarle el show, hasta la madrugada. Ayer fue el Renato, pero las noches pasadas habían sido el Maicol, el primo de la Susana y un cabro nuevo de la villa. La mamá de la Cristal no sabe cómo su hija, con lo farrera y nocturna que era, había sacado técnico en Atención de Enfermería.
Ahí venía la 206. pero no alcanzó a tomarla, es que era un desafío correr con esas plataformas, así que pagó un colectivo y aprovechó de maquillarse con la perfección con la que lo hacía todas las tardes: polvos, corrector, ojos, labios, rubor y tapa ojera.
Llegó calladita a la recepción pero su jefa la estaba esperando y a modo de reto, le tiró dos turnos seguidos de noche.
Mientras Cristal se cambiaba, Jacobo cocinaba para cuatro personas. Él, su repetición, el por si quedaba con hambre y un cachito para la noche. Como siempre cenó en silencio, viendo la tele. En cinco minutos el hombre había vaciado la olla completa y al poco rato comenzó con un malestar culposo. Un dolor constante en el pecho que lo hizo tomar un colectivo directo al Policlínico.
A los veinte minutos la Cristal recibía a un hombre pálido, casi sin aliento. Ella había pasado raspando los cuatro años de carrera y lo único que aprendió fue a preguntar y copiar. Pero hoy no había nadie a quien acudir. Se echó a Jacobo en el hombro como pudo y lo dejó en una camilla.
- Caballero, caballero ¿Qué siente? Preguntó agitada.
- Mucha pena, Respondió Jacobo con un hilo de voz.
Y a Cristal se le vino a la cabeza su abuela, quien para las penas lo único bueno era un vasito de agua con azúcar, así que corrió a la cocina y sin fijarse revolvió el líquido lleno de cristales blancos que bailaban y se tambaleaban disolviéndose con rapidez.
- Ya caballero, con esto se va a sentir mejor.
Jacobo casi inconsciente, se tomó el vaso lleno de agua con sal, que la Cristal había confundido.
El hombre no respondió más, hasta el otro día. La muchacha asustada se había quedado despierta mirándolo y sobándole la espalda. Él se había acomodado entre el pecho de ella y con largos suspiros resistió toda la noche casi sin quejarse. En la mañana ambos amanecieron con el cuerpo dormido. Cuando ella lo movió para ponerlo en la almohada, se miraron profundamente y mientras él pensaba en ofrecerle un dulce de higo, ella examinaba si ese cuerpo podría entrar por la puerta de su casa para seguir aliviándole la pena.
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