Era un fin de semana con suerte.
Se sentían libres. Ella le cocinó en la noche, él salió a cortar flores del jardín. Se vistieron con lo mejor que llevaron en la mochila, ella trenzó el pelo de él y él le sacudió las pantis que venían llenas de pelos de gatos.
Tomaron michelada con limón traverso, compraron dos balticas y sellaron la noche con el último belmont que le quedaba a ella, entremedio de la billetera ecológica que se había hecho con un tetrapack.
Cuando estaban a punto de ir a dormir, ella recordó las 20 lucas que se habían encontrado en el bus y decidieron salir a caminar por la playa. Pasaron por el negocio más famosos de papas fritas, se compraron el cono más grande y lo llenaron de mostaza. Uno para cada uno. En silencio y como si fuese una gran ceremonia, se fueron caminando uno al lado de otro, golpeando levemente sus hombros, riendo a veces y chupándose los dedos.
Eran libres para comer todas las papas fritas que les alcanzaran, con veinte mil.
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