6 ene 2016

Abismo Bienaventurado

No es ese malestar de espalda que nos aqueja, cuando el estrés se presenta en momentos no propicios. Tampoco es el dolor de ruptura, ese donde los huesos se ponen delicados y no hace falta más que un toque a la piel para resentir y recordar. No es como cuando pasas a llevar las pequeñas partes de tu cuerpo, o cuando te cortas la yema de los dedos con papel o cuando te quemas la lengua con la cuchara ardiendo después que probaste la salsa para los tallarines. Aún no sabemos cómo definirlo, pero sabemos que existe porque se lo escuchamos al de al lado, también al amigo que está por irse del país, lo escuchamos en el carrete donde no conocíamos a nadie y con un poco de suerte se lo escuchamos al hermano mayor (propio o de alguien). Es innegable, despertamos así y nos acostamos y muchas veces soñamos así. Porque no me digan que ustedes no sueñan y no despiertan desconcertados. Ya no son los sueños antiguos, esos donde jugábamos y corríamos y de vez en cuando se metía un monstruo o una tía perversa. Ahora soñamos como lo que somos (o en lo que nos estamos convirtiendo) y aunque no sepamos qué es, mucho lo padecen y luego en cinco años más o quizás mucho más, sabremos perfecto explicarlo y definirlo y muchos lo escribiremos para que los que vienen más abajo no se sientan tan perdidos, tan como nosotros ahora. Aunque no lo definiría como "perdidos", porque estamos bien, porque todo marcha, porque de vez en cuando somos más felices que la mierda, porque estoy segura que nuestros padres nos envidian y venderían a los nietos que aún no tienen, para volver a esta situación y sentirse así como nosotros, con toda la vida que vimos y deseamos más atrás, ahora encima, cayéndose en nuestros hombros y aquí nosotros, resistiendo y encantándonos con este abismo bienaventurado. 



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