27 dic 2015

Corazón Grosero

Por primera vez la María Jesús traía un jovencito decente a la casa. Me costó disipar al último chascón que no sacaba los codos de la mesa y que parecía más un gato silvestre que ese Ragdoll que siempre imaginé a mi lado. Éste de ahora me parece bien: ojos tristes, con sobrepreso y un poco de tartamudez cuando le hablas a los ojos, por lo que no decía mucho más que sí y gracias. En ningún momento miró a María Jesús, ni siquiera cuando ella bajó su mano hacia el cierre del pantalón. El tipo no quiso postre, aunque supongo se moría de ganas por darle un mordisco a la torta, su salivación exagerada y el exceso de sudoración me hacía intuirlo. Quizás también eran nervios, mis ojos no dejaron de posar sobre los suyos. Mi esposa me contó a modo de orgullo personal, que el niño estudiaba Medicina, en la misma Universidad donde estudié yo y que ya le faltaba poco para el internado. No me sorprendió, pero me comenzó a gustar mucho más. Me terminé por tomar todos los bajativos que quedaron en la mesa, lo tomé del brazo y lo invité a mi biblioteca, para que por fin, entre esos libros añejo, pudiera sentir su corazón delicado palpitando junto al mío. 

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