[Una vez tuve un compañero que me enseñó una cosa: disfrutar. Sin complicaciones, libres y sin emails de por medio]
1. No olvides perdonar(te)
Infringió sus principios.
Tuvo esa típica actitud que antes repudiaba.
No pudo culpar a las drogas y menos al alcohol.
Tampoco lo culpó a él.
Aunque de alguna forma, ella cree que él lo planeó todo.
La confundió para que se perdiera,
para que saliera a correr por el mar, sola,
para que se enterrara en los recuerdos de la noche anterior
para que repitieran una y otra vez los hechos.
Si te molestaba su presencia, ¿por qué insistir en ir?
Ella debió seguir los signos decadentes.
Hace meses no se veían,
meses que no hablaban.
Eran dos desconocidos, que alguna vez se reconocieron en un par de camas (y sillones).
Un viaje en silencio puede ser provechoso, cuando ya no hay nada más qué decir.
Ella no sabe si quedan cosas pendientes. Ya lo olvidó, pero también perdonó.
Ella no sabe si quedan cosas pendientes. Ya lo olvidó, pero también perdonó.
Esa noche tuvo pesadillas, una que se le repite cada cierto tiempo, atormentándola.
Fue el castigo.
Pero ya era castigo reconocer su perversidad.
2. Océano dos.
No era el color de sus ojos, eran su forma de mirarme y cuando los observé por última vez, no lo vi.
Sólo quedaron unos cuencos océanos.
Sólo quedaron unos cuencos océanos.
Me gusta el mar, pero me identifico más con los bosque y los lagos. Tranquilidad, verde profundo y esa sensación de perderse. Él tenía follaje, pero era más agua y sol y ya me quemé suficiente.
3. Y en esta vuelta al sol.
Libertad y cielo.
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