Una prohibición es el impedimento que existe de hacer, tocar o usar algo. Tal veto puede estar respaldado por una ley, norma o reglamentación, o bien puede no estar escrito pero disponer de un respiro social.
Hasta hace 6 meses atrás, nunca había usado pantimedia y hoy tiene cinco modelos en su clóset, pero justo las de hoy se le caen, porque lleva las piernas embetunadas en crema y porque se compró una talla más grande. Cada dos cuadras se detiene para subirlas, además así hace tiempo para no llegar tan rápido a su cita. La incomodidad del calzón nuevo, de la falda arriba de la rodilla y el chaleco con escote, crean una atmósfera en su cuerpo que la hace ver tensa y enojada. Pero no, Blanca va feliz y nerviosa, con un nudo ciego en el vientre que cada cinco minutos le quita el aliento caminando diez cuadras, desde su trabajo hasta el hotel donde quedó de juntarse con el joven.
A los 46 años decidió marcharse de la casa de su padre y tomar las riendas de su vida. -Tarde- se dice a si misma cada vez que se ve en el espejo, pero nunca tan tarde como para no poder empezar. Porque Blanca ni siquiera recomienza, ella parte desde cero. Vivió su juventud en una casa hermosa en La Reina, con un patio gigante que no ocupaba, con un living que jamás se llenó de gente y una pieza pulcra y ordenada donde ningún hombre desconocido se pudo asomar.
Su padre la formó como su abuelo a él. Hija única, nieta única y mujer. Esos eran sus más grandes pecados, pero no le echa la culpa de su destino a Dios, en realidad no culpa a nadie porque Blanca sabe que todo en la vida se repite y se devuelve.
Ella sabe que Marco, su padre, quería un niño, por eso cuando nació ella, la crío con dureza y luego de que su madre muriera, la olvidó en la casona. Nunca la volvió a mirar a los ojos, nunca jugó con ella ni le permitió que ella lo mirara. No había saludos de buenas noches, no había felicitaciones por ser la mejor de su Liceo y jamás le permitió llorar. Cuando era tan solo un bebé, aplicó con ella una técnica militar para que no chistara si tenía hambre y menos si estaba con el pañal sucio. Blanca sólo agitaba sus manos en silencio y la nana se preocupaba de que estuviera bien, pero callada.
Blanca llega al hotel y se va directo al bar. Se siente como en una película de los 90. La gente la mira, los señores le abren la puerta, la acomodan en un asiento al lado de una ventana y le ofrecen un trago que ella no entiende y que jamás ha probado, pero lo acepta. Cinco minutos después le pide lo mismo. Diez minutos después ya lleva tres Cosmopolitan en el cuerpo. Se le da vuelta el mundo y le encanta la sensación. Se siente más tranquila y ya no quiere estar sola mientras espera al joven, así que le pide a uno de los mozos que se siente con ella. El señor la mira con desconfianza y ella con un tono que desconoce le responde que tiene la plata suficiente para quedarse el fin de semana entero en ese lugar si así lo quisiera, que no la mire extraño, por favor. Ella ya es una mujer adulta que sabe lo que hace y que…Hipo. Justo en la mejor parte del discurso que había estudiado en caso que se expusiera a alguna situación de ese estilo, el hipo le cortó la valentía y veracidad. Ambos rieron. Para eso Blanca era experta. Reír al más mínimo tono de humor. Claro que no era de verdad, no sentía gracia por la situación, pero sabía que era lo correcto. Mostrar los dientes, estirar el cuello, achicar los ojos. Una mueca que la hacía ver deseable para los hombres. El mozo le pregunta que qué hace una mujer como ella en un lugar tan distinto. Blanca parte desde el principio, un principio bien lejano, pero es que si no retrocede tanto, no la entendería.
A los 16 años dejó de estudiar. Su padre y su abuelo pusieron una demanda en contra del colegio y tuvieron que sacarla a mitad de semestre. Terminó el cuarto medio en casa con exámenes libres y un vientre de 6 meses. El abuelo se encargó del parto, el padre de hacer desaparecer cualquier evidencia. Blanca no vio la luz del día en meses. Castigada en su dormitorio como si hubiese hecho mal la tarea, como si hubiera reprobado la vida que le había tocado. Desde ese día la prohibición era su compañera de pieza. Dormía con ella, se despertaba y bañaba pensando en cómo alejarla. Al tiempo se hizo su amiga y destinaba su día tratando de entenderla. Hasta que hace un par de meses, cuando su abuelo murió y su padre dejó de tener fuerzas suficientes para amarrarla a esa casa, decidió buscar al joven con el que soñaba. Dio con él gracias a una tía que le consiguió la dirección de los padres adoptivos. Supo que se había convertido en diseñador, que tenía una nieta y que él nunca tuvo prohibición para ser feliz.
Suenan las campanas de la puerta principal y lo ve. Se levanta de su silla, se sube nuevamente las pantis y deja hablando solo al atónito mozo, es que había visto al joven que ahora le daba la espalda sentado en el bar. No sabía por qué, pero le parecía en extremo familiar. Solo tenía una foto de él, pero para ella era como si hubieran compartido toda su vida. Sabía perfecto cómo era su piel, podría reconocer su olor y adivinar el color de sus ojos. Era igual a su abuelo, que también era el padre de su hijo y aunque no había pensado en eso, ahora que lo veía, traía a su mente los peores recuerdos de ese hombre. Por eso decidió retomar su prohibición. Dejar a su hijo en el bar sin hablarle y volver a su trabajo para seguir intentando empezar.
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