Si hoy, hubiese sido hace dos meses atrás o en cualquier otro momento de mi vida, apenas me levanté de la cama, me hubiese vuelto a acostar. Pero salí de todas formas, con unas panties que se me caían con cada paso que daba, con un vestido que no combinaba con la chaqueta y un moño que se caía por un colette vencido. Pero seguí mi trayecto al metro, atrasada al trabajo; mi tercera semana y ya comencé a desteñir, y cuando estaba apunto de entrar al edificio... me caí, de rodillas, apoyada con una mano y la falda arriba de la espalda y las panties que llevaba a media raja, dejaron que los trabajadores (que me hicieron caer por unos cables que estaban tirando en la vereda) vieran toda mi humilde humanidad y adivinen ¡Me levanté! y seguí. Revisé que mis rodillas no tuvieran sangre y las panties siguieran intactas y crucé la puerta lo más digna que pude, sin nudo en la garganta y saludando como si mi mañana hubiese estado perfecta. Porque la vida es muy bonita para amargarse por gueas.
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