Nunca soporté este olor.
Pareciera que entre más limpio y desinfectado, más asco me da. Te traje una
foto y las flores que te gustan. ¿Podré abrir un poco la ventana? Está lindo
afuera. Ya es otoño, tu estación favorita.
Hoy me encontré con Mariana, la
vecina que tuvimos en San Miguel ¿Te acuerdas de ella? Yo no la recordaba muy
bien, pero ella, no sé cómo, me reconoció y me saludó. Dijo que su hija también
había estudiado Ingeniería en la universidad, que ya tenía tres hijos, una casa
en la playa y que ahora estaban todos de viaje en Estados Unidos. Que ella se
había separado. Yo no me acuerdo de su esposo, ¿tú?
-
Disculpe, ¿puedo pasar?
-
Sí, mira… la noto más delgada que la última vez que
la vi
-
Sí, su mamá ha perdido peso
-
Bueno, entonces como no haces bien tu trabajo, te
puede retirar ¡Ahora!
¿Sabes?, cuando vi a Mariana, me
dio un poco de angustia. Quizás no fue bueno hablar tanto rato con ella porque me
acordé de esa vez… Tú estabas embarazada de Emilio y mi hermana ¿Cuántos años
tenía?, ¿Tres? Fue extraña esa situación, pero con el papá todo fue así. Ya lo aprendí.
¿Por qué no se lo dijiste directamente a Mariana? Yo no te pude ayudar mucho. Era
una niña. Una niña inteligente, que supo hacer lo que debía me dijiste una vez,
pero todavía no estoy convencida de eso.
Yo había cumplido seis y me
acuerdo de todo perfecto. Recuerdo el olor a Milo, la taza de leche en polvo
que me dabas para comerlo así, como si fuese un postre. Me acuerdo del Horacio,
que lo atropellaron días antes, en la puerta de esa casa. Me acuerdo de las
teleseries que veíamos juntas, cuando me explicabas que nada de eso era tan
cierto, que el amor era algo que se construía, que la vida no era un sueño, que
las teleseries sólo servían para entretener a las mujeres y distraerlas de sus
vidas sin sentido y complacerlas con las historias que mostraban en cada
capítulo.
Tú eras joven, con esa melena
negra y lisa. Con esos cintillos de la época. Sólo a ti te quedaban bien.
Parecías actriz de cine, siempre te lo decían. Y te
sentaste a mi lado, llevaste mi cara a tus rodillas y casi con un susurro me
dijiste “Tú papá me está engañando”.
Yo no comprendí las palabras de inmediato, no sabía a qué te referías pero te
veías mal y me asusté. No recuerdo si lloré, pero sí que te llevé un pañuelo
para que te secaras. Tú me miraste y me dijiste “que nadie te rompa el
corazón”.
Por eso fui y con tus mismas
palabras le conté a Mariana “mi papá está
engañando a mi mamá”. Tuve miedo cuando llegó ella porque tú te enojaste y
me gritaste que era un secreto. Yo me escondí atrás del sillón y tú lloraste en
sus brazos, con tus ocho meses de embarazo, Mariana te decía que le iba a hacer
mal al niño, pero tú no podías parar. En ese momento aún no entendía la palabra
“engaño” pero supe que era terrible, que podía destruir a una mamá, a mi mamá. Y ahora entiendo que no sólo te hizo
daño a ti…
De nuevo redecoraron la
habitación. El color celeste de antes me gustaba más. Me cuesta reconocerte,
desde hace unos años que te has comenzado a mimetizar con el resto de las señoras.
Tu piel está más transparente, tu pelo grisáceo y las marcas de la anorexia dejan
de lado toda la elegancia que alguna vez pudiste tener. Pero en realidad sigues
siendo la misma y cuando despiertes me encantaría contarte de nuevo esta
historia, para que sepas que te hice caso, que nadie me ha roto el corazón de
nuevo, porque cuando te lo destruyen a los seis, luego no hay nada para seguir
rompiendo.
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