16 jul 2015

Vocabulario


Nunca soporté este olor. Pareciera que entre más limpio y desinfectado, más asco me da. Te traje una foto y las flores que te gustan. ¿Podré abrir un poco la ventana? Está lindo afuera. Ya es otoño, tu estación favorita. 

Hoy me encontré con Mariana, la vecina que tuvimos en San Miguel ¿Te acuerdas de ella? Yo no la recordaba muy bien, pero ella, no sé cómo, me reconoció y me saludó. Dijo que su hija también había estudiado Ingeniería en la universidad, que ya tenía tres hijos, una casa en la playa y que ahora estaban todos de viaje en Estados Unidos. Que ella se había separado. Yo no me acuerdo de su esposo, ¿tú?

-        Disculpe, ¿puedo pasar?
-        Sí, mira… la noto más delgada que la última vez que la vi
-        Sí, su mamá ha perdido peso
-        Bueno, entonces como no haces bien tu trabajo, te puede retirar ¡Ahora!

¿Sabes?, cuando vi a Mariana, me dio un poco de angustia. Quizás no fue bueno hablar tanto rato con ella porque me acordé de esa vez… Tú estabas embarazada de Emilio y mi hermana ¿Cuántos años tenía?, ¿Tres? Fue extraña esa situación, pero con el papá todo fue así. Ya lo aprendí. ¿Por qué no se lo dijiste directamente a Mariana? Yo no te pude ayudar mucho. Era una niña. Una niña inteligente, que supo hacer lo que debía me dijiste una vez, pero todavía no estoy convencida de eso.

Yo había cumplido seis y me acuerdo de todo perfecto. Recuerdo el olor a Milo, la taza de leche en polvo que me dabas para comerlo así, como si fuese un postre. Me acuerdo del Horacio, que lo atropellaron días antes, en la puerta de esa casa. Me acuerdo de las teleseries que veíamos juntas, cuando me explicabas que nada de eso era tan cierto, que el amor era algo que se construía, que la vida no era un sueño, que las teleseries sólo servían para entretener a las mujeres y distraerlas de sus vidas sin sentido y complacerlas con las historias que mostraban en cada capítulo.

Tú eras joven, con esa melena negra y lisa. Con esos cintillos de la época. Sólo a ti te quedaban bien. Parecías actriz de cine, siempre te lo decían. Y te sentaste a mi lado, llevaste mi cara a tus rodillas y casi con un susurro me dijiste “Tú papá me está engañando”. Yo no comprendí las palabras de inmediato, no sabía a qué te referías pero te veías mal y me asusté. No recuerdo si lloré, pero sí que te llevé un pañuelo para que te secaras. Tú me miraste y me dijiste “que nadie te rompa el corazón”.

Por eso fui y con tus mismas palabras le conté a Mariana “mi papá está engañando a mi mamá”. Tuve miedo cuando llegó ella porque tú te enojaste y me gritaste que era un secreto. Yo me escondí atrás del sillón y tú lloraste en sus brazos, con tus ocho meses de embarazo, Mariana te decía que le iba a hacer mal al niño, pero tú no podías parar. En ese momento aún no entendía la palabra “engaño” pero supe que era terrible, que podía destruir a una mamá, a mi mamá.  Y ahora entiendo que no sólo te hizo daño a ti…

De nuevo redecoraron la habitación. El color celeste de antes me gustaba más. Me cuesta reconocerte, desde hace unos años que te has comenzado a mimetizar con el resto de las señoras. Tu piel está más transparente, tu pelo grisáceo y las marcas de la anorexia dejan de lado toda la elegancia que alguna vez pudiste tener. Pero en realidad sigues siendo la misma y cuando despiertes me encantaría contarte de nuevo esta historia, para que sepas que te hice caso, que nadie me ha roto el corazón de nuevo, porque cuando te lo destruyen a los seis, luego no hay nada para seguir rompiendo.

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