18 jun 2015

Uno en un montón

Yo iba a nacer un 12 de abril y me convertiría en un santiaguino más. Estaba programado de esa forma mucho antes de que la Laura conociera a Jorge. Es que esta mujer me cuenta que soñaba desde pequeña con mi cara, con mis manos y hasta con mi voz. Yo iba a nacer en la clínica de moda de la capital, porque así lo quería la mamá de Laura, con una pieza exclusiva para mí. Nos iban a ir  a visitar todas las amigas de su trabajo. Iba a tener mis primeros cumpleaños en la casa de mis abuelos, las navidades llenas de regalos y las vacaciones en la cabaña del sur de la familia. Luego iba a ir al mismo colegio donde estudió el papá de la Laura y sus hermanos. Me meterían a una escuela de tenis, me tenía que gustar sí o sí la Católica (no como a Jorge, que le gusta el Colo), iba a ocupar la pieza chica, pero sólo hasta que cumpliera diez. Después nos íbamos a cambiar  una casa  más grande, con patio, animales y piscina. Y así y todo, me gustaba la idea. 
Yo sentía a la Laura comprometida y segura, pero a Jorge, el hombre que duerme a nuestro lado, no lo percibía igual. De noche lo escuchaba hablando solo y parecía triste. Decía que no podía irse todavía, que tenía que esperar a que el Emilio naciera, que no podía ser tan vaca. ¿Cómo era una vaca? Una vez conocí su sonido, la Laura me lo trataba de explicar, pero aún no me la puedo imaginar. 

El día antes de conocer en persona a la Laura, me desperté con los gritos de Jorge y me puse un poco nervioso. De lo que pude entender, la Laura había tomado el teléfono para ver la hora y se encontró con un mensaje de una tal maraca (un nombre muy extraño que nunca antes había escuchado), que también se acostaba con su esposo y además a la "muy puta" (esto me lo van a tener que explicar) no le llegaba la regla (¡las personas afuera tienen muchas reglas!) y como último escuché un portazo. Al parecer Jorge se había ido, ya no oía su voz de víctima de mierda y la Laura hizo lo mismo. Pescó dos bolsos; uno para ella y uno para mí y no le avisó a nadie que nos íbamos a la casa de una tía comunista en el norte, porque ella prefería vivir en la clandestinidad, antes de que todos vieran cómo Jorge nos había cagado la vida. 

Así fue como terminé siendo serenense, compartiendo la pieza con siete guaguas más, sin visitas, sin preguntas de nadie, sin flores y con un doctor que había cortado tres cordones en menos de una hora. Y ahí estaba la Laura, mirándome fijo con los ojos llenos de agua. Yo ya sabía que ella había comenzado a planear nuevamente nuestra vida juntos, solo que ahora, yo podía ir opinando con esto que me salía de la garganta y que todos llamaban “un gran llanto”.

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