27 may 2015

Irreparable

El 13 de mayo Teodoro se despertó sabiendo que sería uno de esos días. No quiso salir de la cama hasta pasadas las tres. Se levantó sólo para poner la tetera y comer el pan duro que había amasado dos días antes. Ya no tenía los dientes fuertes, ni los puños firmes. Enjuagándose la cara pensó que lo mejor era volver a dormir, hasta que mirándose al espejo recordó que ya no estaba solo.

Teodoro Tejeda, El Tuco, llegó al interior de Talca, cerca del lago Vilches hace quince años. Su vecino más cercano estaba a una hora caminando y sólo así se sentía tranquilo. Era él y su pensamiento, que lo atormentaba de vez en cuando, pero que manejaba con dos petacas de agua ardiente al día.

Dejó la tetera puesta y no escuchó cuando comenzó a hervir. Los quejidos del ternero desde el patio lo ensordecían. Buscó unas corbatas viejas en las cajas que tenía arrumbadas sin desarmar, agarró al animal, lo amarró y lo llevó bajo techo. Le levantó las patas como si fuesen los pies de su hija y le comenzó a hablar para concentrarse.

El novillo había  llegado hace unas semanas, echándose en el portón sin poder pararse más, mientras Teodoro lo miraba desde su ventana, haciéndose el indiferente. No lo alimentó ni le dio de beber en dos días, pero cuando la lluvia se precipitó, él mismo lo entró hasta su pieza, lo secó con un chaleco viejo y le prendió la salamandra.

Cuando se despejó, Teodoro armó un corral. Compró paja, leche y una mamadera para que el animal no muriera. Comenzó a amansarlo, a preocuparse. Lo alimentaba con lo mismo que comía él. Tomates, lechugas y pollos de la granja. Además de las tunas que pelaba con dedicación y que ambos saboreaban en silencio.

-          ¡A ver mierda!, si no te veo la pata, no te puedo ayudar - Exclamó bruscamente.

Mientras le hablaba, le palpaba pequeñas espinas entre las pezuñas y la carne.

-          Pa’ qué  te metiste en las tunas gueón, yo te iba a pelar las tuyas hoy día – Le susurró cansado.

En ese momento, juró haber visto una lágrima en los ojos del animal y le invadió una sensación de furia y desesperanza. Con fuerza le agarró la cabeza y la puso en su nariz. Mirándolo fijo,  los ojos del novillo lo llevaron a un pasado lleno de otros ojos sufrientes y suplicantes. Miradas desafiantes y otras que ya parecían ausentes.


El hombre soltó al animal que reaccionó atemorizado, mugiendo nuevamente. Esta vez, Teodoro comenzó a disfrutar el sonido, cegado por el pasado. Ya no quería estar en silencio, porque cada quejido resplandecía la mejor época de su vida y 1976 le retumbaba en la piel. Mientras saboreaba el paso del tiempo, a sus víctimas desaparecidas, los golpes, las celebraciones con sus camaradas y los quejidos de dolor, comenzaba a apretar lentamente el cuello del ternero, disculpándose con él mismo y gritando que no podía soportar volver a mirar unos ojos así.  

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