El 13 de mayo Teodoro se despertó
sabiendo que sería uno de esos días. No quiso salir de la cama hasta pasadas las
tres. Se levantó sólo para poner la tetera y comer el pan duro que había
amasado dos días antes. Ya no tenía los dientes fuertes, ni los puños firmes. Enjuagándose
la cara pensó que lo mejor era volver a dormir, hasta que mirándose al espejo
recordó que ya no estaba solo.
Teodoro Tejeda, El Tuco, llegó al
interior de Talca, cerca del lago Vilches hace quince años. Su vecino más
cercano estaba a una hora caminando y sólo así se sentía tranquilo. Era él y su
pensamiento, que lo atormentaba de vez en cuando, pero que manejaba con dos
petacas de agua ardiente al día.
Dejó la tetera puesta y no
escuchó cuando comenzó a hervir. Los quejidos del ternero desde el patio lo
ensordecían. Buscó unas corbatas viejas en las cajas que tenía arrumbadas sin
desarmar, agarró al animal, lo amarró y lo llevó bajo techo. Le levantó las
patas como si fuesen los pies de su hija y le comenzó a hablar para
concentrarse.
El novillo había llegado hace unas semanas, echándose en el
portón sin poder pararse más, mientras Teodoro lo miraba desde su ventana,
haciéndose el indiferente. No lo alimentó ni le dio de beber en dos días, pero
cuando la lluvia se precipitó, él mismo lo entró hasta su pieza, lo secó con un
chaleco viejo y le prendió la salamandra.
Cuando se despejó, Teodoro armó
un corral. Compró paja, leche y una mamadera para que el animal no muriera. Comenzó
a amansarlo, a preocuparse. Lo alimentaba con lo mismo que comía él. Tomates,
lechugas y pollos de la granja. Además de las tunas que pelaba con dedicación y
que ambos saboreaban en silencio.
-
¡A ver
mierda!, si no te veo la pata, no te puedo ayudar - Exclamó bruscamente.
Mientras le hablaba, le palpaba
pequeñas espinas entre las pezuñas y la carne.
-
Pa’ qué te metiste en las tunas gueón, yo te iba a
pelar las tuyas hoy día – Le susurró cansado.
En ese momento, juró haber visto
una lágrima en los ojos del animal y le invadió una sensación de furia y
desesperanza. Con fuerza le agarró la cabeza y la puso en su nariz. Mirándolo
fijo, los ojos del novillo lo llevaron a
un pasado lleno de otros ojos sufrientes y suplicantes. Miradas desafiantes y
otras que ya parecían ausentes.
El hombre soltó al animal que
reaccionó atemorizado, mugiendo nuevamente. Esta vez, Teodoro comenzó a
disfrutar el sonido, cegado por el pasado. Ya no quería estar en silencio,
porque cada quejido resplandecía la mejor época de su vida y 1976 le retumbaba en
la piel. Mientras saboreaba el paso del tiempo, a sus víctimas desaparecidas,
los golpes, las celebraciones con sus camaradas y los quejidos
de dolor, comenzaba a apretar lentamente el cuello del ternero, disculpándose
con él mismo y gritando que no podía soportar volver a mirar unos ojos así.
No hay comentarios:
Publicar un comentario