Quiso sacar a
pasear a Pretexto para ver por segunda vez a su nuevo vecino. Silbó fuerte pero
el perro no acusó recibo. Pescó la correa y lo fue a buscar afuera. Ahí estaba
todavía el nuevo; alto y vigoroso, con rasgos indios y el pelo tieso e intenso,
esos que no se despeinan con nada. Silbó sin quitar la vista a las tres grandes
cajas que el nuevo, había puesto casi en su
propiedad. Le pareció un tanto incomodo, pero no podía partir mal la relación,
así que lo dejó y no chistó. Era un camión pequeño de mudanza, pensó. No veía
la cama ni el refrigerador. Tampoco existía una esposa o un par de hijos y todavía
Pretexto ni se asomaba. El nuevo subía y bajaba las escaleras con pequeñas
bolsas, mientras el viejo seguía silbando
para que el perro volviera.
De pronto no
se acordaba cuando Ernestina había dejado el departamento de al lado. Nunca se
escuchó un rumor de que se iba y la vieja tampoco se despidió.
-Buenos días. ¿Eres el nuevo vecino? Preguntó amablemente pero mirando las cajas que le interrumpían la pasada.
El joven lo
miró con cierta nostalgia, tratando de penetrar al viejo que aún no entendía
por qué el joven mal educado no le respondía.
-Hola te dije, soy tu vecino.
-Buenos días.
-¿Cómo te llamas?
-Pedro.
-¡Mira! Somos tocayo… ¿De dónde vienes?
-De Santiago.
-Buenos días.
-¿Cómo te llamas?
-Pedro.
-¡Mira! Somos tocayo… ¿De dónde vienes?
-De Santiago.
- ¿Qué hacías tan lejos?
- Estaba estudiando pedagogía, pero por
asuntos familiares me devolví pa’ acá.
-¿Profesor?...
-¿Profesor?...
Unos ladridos
distrajeron al viejo. Imaginó que se trataría de Pretexto, pero no. Eran los
callejeros de siempre. Se dio vuelta mirando nuevamente a su nuevo vecino, pero
éste ya no estaba solo. La vecina lo acompañaba y ambos lo miraban con caras de
infelices.
-¿Y usted no se había ido, Ernestina?
-¿Para dónde, Pedro?
- No se poh. Como llega este cabro nuevo. Pensé que había desocupado el sucucho.
-¿Para dónde, Pedro?
- No se poh. Como llega este cabro nuevo. Pensé que había desocupado el sucucho.
El nuevo
vecino se sentía agotado. Había sido un largo viaje y solo quería dormir porque
sabía lo que se le avecinaba, así que se armó de valentía, pescó una caja del
suelo y se abrió paso al departamento del viejo.
-¡Oye gueón! ¿Pa’ dónde vas?
-A mi casa, papá.
-A mi casa, papá.
Un calor indescriptible le comenzaba a
bordear la cara y de pronto se
encontraba en silencio frente a su hijo, lo que le devolvió la lucidez suficiente
para saber además que Pretexto, había sido atropellado hace varios años atrás.
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