11 jul 2012

Entre árboles y pájaros

Manuel Álamos salió de la casa por el ventanal que daba al patio de atrás. Por los globos y la velas pensó que también era parte de la celebración del cumpleaños. Pero no, solo había un grupo de gente fumando marihuana. Una de ellas era la mejor amiga de su ex. Que también era amiga de su actual.  No estaba ebrio, pero las cervezas lo estimularon  a que se lanzara a decir la verdad. La tomó del brazo, y le grito a la cara que era una bestia. Que de todas formas, aunque no existiera su ex y su actual jamás la podría querer, porque ella era de esas mujeres que le repugnaban el alma. Ella lo miró con esa expresión de vergüenza  y le dijo que por favor se callara, que estaba haciendo el ridículo. Ridícula tú, tú que te metiste en mi relación con la Francisca, tú que usurpaste su identidad, ¡qué mierda le hiciste! -sollozaba-. La perdí por tu culpa. Al son de la venganza se encontró con unos ojos grandes y llenos de lágrimas. Era ella, su actual, la amiga  de la amiga de Francisca, la razón de Álamos para estar en ese cumpleaños. 

Despertó con la puerta abierta de su pequeña pieza. Miró al lado y ella no estaba, recordó el mal sueño pero su sabor amargo y el dolor de cabeza dieron por sentado que el mal sueño fue real. Llamó tres veces pero entendió que no tendría respuesta. Pasó todo el día y en la noche insistió. Escuchó su voz; tranquila, dura y seria. Pero sin rastro de discusión por la situación de la noche anterior. Dudó de la existencia de sus palabras y la trató de "amor". Craso error. No entendiste nada Manuel, busca a la pancha y sé feliz con ella. Eso haré respondió rotundo. 

A Vicenta se le encogió el alma, el último globo del patio de atrás se reventó y las velas ya no eran más que cera pegada a la mesa de cumpleaños. Entendió que Álamos la buscó con la mirada para pedir disculpas, pero en realidad solo fue para una aprobación. La excusa fue barata, perder la virginidad con alguien no te hace la mujer de su vida, pero para él sí. Vicenta pensó y se refugió en qué habría pasado si ella se hubiese acercado antes a hablarle, siete años antes, y también pensó en esa fiesta, cuando él la buscó pero solo lo supo días después por medio de un amigo. 

Miró el celular y tenía tres llamadas perdidas, pensó en marcar pero la pena y la rabia la detuvieron. Se miró en el espejo que tiene en la pieza afirmado por unas tablitas de alerce y sus ojos no aguantaron la verdad.  Fue tal impacto que se endureció. Iba a esperar que fueran las diez para llamarlo pero él lo hizo antes. Sintió pedazitos de hielo en el cuerpo, no podía creer que la persona que la llamaba ya no era nada, no se le hacía ni familiar, ni cercano. Cortó furiosa, esperó y llamó a la amiga de Francisca. Supongo que ya le contaste todo a tu amiga, le dijo irónica. No, nada. ¿Cómo está tú? le pregunto con vos como si alguien hubiese muerto. Viva -respondió-, mañana es mi cumpleaños, estás invitada, pero no llegues tarde, para que me ayudes a decorar el patio de atrás, tengo velas y globos. 

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