No se podía concentrar pensando
en la joven y atractiva pareja que había visitado a su tía días atrás. Él se presentó como el sobrino,
hijo de la hermana menor de doce humanos criados por padre y madre. Le llamaron
la atención sus cuerpos y fluidos y enredados, ojos grandes y su lacides para
enfrentar el momento de la presentación. Se vistió con prisa pensando que era
Rosa quien venía a buscarlo pero cuando abrió la puerta su piel se encrespó
formando un incómodo silencio. -Salude a su primo- le dijo la señora, pero él no
miro y solo se concentró en sus olores.
El cumpleaños de Bertita, la
niña rara de la familia, con síndrome de down serios problemas físicos que podríamos definir como
horrendos, se celebró en casa de la tía. Gustavo esperaba ansioso encontrarse con la pareja pero solo aparecieron
caras conocidas, aunque no podía negar jamás que las caras de esos dos se las
grabó como nunca otras en su vida.
Camino a casa, en un trayecto
oscuro tal como su vida, divisó dos cuerpos avanzando hacia él. Eran ellos. Pasaron de largo pero su instinto le permitió seguirlos. Entre tanto baile y vino cayeron
rendidos en dos sillones añejos y hediondos. Gustavo en la esquina los miraba sin pestañar. Ella abrió sus ojos, miró a la tía pasar y la siguió al baño. Gustavo se sentó al lado de su primo y sus deseos; esas ansias que nacían de las entrañas y remecían sus órganos internos lo impulsaron a despertarlo. Julio dio un brinco del susto, miró a su alrededor y estaba solo. Valentina salió del baño con la tía mientras Gustavo se alejaba rápidamente por el camino.
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