Le sacaron los calcetines del bolso y se
los colgaron en los cables del techo para marcar territorio en el Liceo. Se
veía más lindo que un par de zapatillas, pero Marcos se había quedado sin sus
medias especiales para dar la prueba de Cheerleaders.
Sabía perfectamente
quiénes habían sido, pero no era capaz de enfrentarse al Maicol y sus soldados,
total tenía un par de reserva que, aunque no combinaran, le servirían igual.
Buscó hasta el fondo del bolso, sacó el desodorante, la ropa del Doggis que
ocuparía en la tarde, los cuadernos y nada, sólo había un calcetín rojo – ¡¿Dónde chucha está el otro?!-. Enojado, mandó a la Marcela a que revisara en la casa de los abuelos, quizás se habían
quedado arriba de la estufa o en el tendedero –Mira adentro de la artesa también- le gritó a su hermana chica que
corría dejando el gimnasio con la misión imposible.
Faltaba una persona para
que le tocara a él. Comenzó a elongar igual como había visto en el programa "Calle 7". Era su turno y tal como en una película de acción divisó a su hermana sudada,
con la boca abierta y el pantalón más abajo de lo normal, pero con el brazo en
alto y el trofeo rojo en su mano.
Mientras se ponía el calcetín que le faltaba,
Marcos vio cómo el Maicol y su grupo se sentaban en las graderías, callados y
sin molestar a nadie. Ahí lo supo. Entendió el bullying, los empujones, las
malas bromas y ahora los calcetines en los cables. Su hermano mayor por fin
daba su aprobación para que él pudiera bailar tranquilo y marcaba territorio para
que nadie más lo pudiera molestar.
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