¡Que nadie me joda la pita! Si llevo sentado aquí tres horas, es gracias al doctor que me dijo que tuviera paciencia, calma y que por sobre todo debía comer despacio. La última vez que fui donde Pedro me recetó lentes y yo no me los sacaba ni para dormir, hasta que se quebraron. Pero no me importó saqué de mi caja una receta que estaba a punto de vencer y los cambié por unos nuevos, pero igualitos a los anteriores. Un día Don Marco se enfermó y yo sabía perfectamente cómo lo podía salvar; fui y le pasé mi receta de bronquitis, igual que cuando la vieja Ester casi se muere de un paro cardíaco y yo le salvé la vida; aunque de vida bien poca le quedaba, porque se fue en el sueño a las tres semanas, justo dos días antes de celebrar mi cumpleaños. Lucía insistió en ir al restorán donde nos conocimos, que fuéramos con los niños, los nietos y los amigos. No me gustó la idea. ir a más de 10 kilómetros de la casa implicaba estar a 11 kilómetros del doctor. Además, el restorán estaba cambiado y lleno de gente gritando, poco espacio, la carne ya no era igual, bien cruda o muy cocida. Todos nos pedimos un Barros Luco (no puedo creer el precio del sandwich), los niños papas fritas y no sé porque la Lucía quiso ese bistec con arroz, pero yo noté que la carne estaba rara y claro, le tocó dura y apenas pegó el primer mordisco yo supe que algo andaba mal, se puso colorada y luego morada y mientras todos la asistían y gritaban de nervios yo me paré de mi silla, caminé a la salida y marqué el número de Pedro, porque no me podía acordar si ya me había entregado alguna receta para las asfixias de carne.
*Texto en voz masculina y que se notara alguna obsesión
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