Mirar hacia atrás es un acto reflejo de toda mujer. Mi
abuela, mis tías mi mamá y mi hermana lo hacen sin darse cuenta. Fíjense en las
suyas, si tienen alguna mujer al lado en algún momento mirará hacía atrás y si
miran también, verán que no hay nada...o quizás se sorprendan.
No es mirar atrás para ver el pasado, lo digo de forma
literal. Caminar y mirar, esté donde esté. Es que pocas veces la gente piensa
en lo que pasó antes de esa mirada. Y sí, siempre hay algo importante, muy
importante. La mayoría de las veces son peleas, grande, pequeñas y medianas.
Todas merecen una mirada. Es que esperamos (siempre y cada una de nosotras) que
después de esa pelea, él esté atrás y nos tape la rabia con un
beso. Todas nos hemos imaginado esa escena pero muy pocas mantienen la ilusión
de que algún día pasará.
Me pasó. Me enojé medianamente pero no se me pasó en todo el
viaje. Él trató de disipar mi mudes con besos, cariños y gemidos, pero nada
daba resultado. Llegué a la estación y él insistió que quería bajar para
hablar. Como el enojo era mediano le dije que no pero le di un beso en la boca.
Me bajé, subí las escaleras y ahí estaba… la misma gente de siempre, las mismas
escaleras, la boletería, las escaleras, los vendedores y el semáforo. Casi que
daban el verde y la sorpresa interrumpió mis pensamientos. Era él, preciso,
perfecto.
Yo jamás miré hacia atrás, en todo mi recorrido no lo hice
nunca y pronto llegó la ilusión. Un acto reflejo que hoy revive en mí.
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